Ideales y juventud, esperanza para la tierra

Y sin un ideal no se adquiere…, la juventud, claro está.

Me he asomado en los diarios a esta realidad económica prefabricada que se nos ofrece, con la certeza de saber que no hallaré la verdad; por mi limitada visión y conocimiento del asunto, y por los ecos distorsionados que de todos los hechos reverberan en cada interesada noticia que se nos regala. Busco con insistencia, como todos, las raíces; aquellas semillas, que al calor de una tierra manifiestamente emponzoñada, dan fe de estas ensortijadas hiedras cuyos zarcillos han traído la esterilidad que ahora todo lo consume. No rebusco rehogado en mi bilis, el interés por el retorcido doblez de los orígenes viene por la ansiada enmienda de los fines; aunque en esta suerte de birlibirloque financiero devenido en genocidio universal, debería de hacerse, a su oportuno tiempo, memoria justificativa y balance frente a un estrado, en donde un togado resoluto se cobrara los descréditos de los maestros alquimistas, consagrados a la transmutación del humo y su posterior venta.

Como trataba de explicar, anhelo las soluciones, y por ello rebusco en mi entorno a sus portadores. Mi primer instinto, como el de tantos otros, mirar arriba, al cielo, con los labios cortados, en la manera en la que se mira al ardiente sol en medio de una sequía, como si el hecho de alzar la vista bastara para convocar las nubes que descargarían la codiciada agua sobre la tierra reseca; pero no es el caso. Ni Zeus ni todo su Olimpo, nada pueden ellos, sus tibios aguaceros apenas sirven para humedecer los recodos de este ecosistema desgarrado, en el que el líquido elemento se escurre entre las grietas como entre los dedos de una mano, fluyendo hasta estancarse en los bajíos arcillosos del crédito. Allí no hay nueva vida, solo agua en proceso de putrefacción de la que ningún brote verde puede esperarse.

No, no son los dioses, como nunca lo fueron, los que sanarán las heridas de nuestra tierra retirando el cieno acumulado. A ellos, como mucho, podremos rezarles para que contengan el advenimiento de mayores calamidades, para que refrenen sus inmemoriales pendencias y nos priven del asfixiante lastre que suponen las ofrendas que nos reclaman para otorgar sus favores… ¡En estos tiempos, en los que el arrojo y la fe en el incierto porvenir deberían suplir todo lo demás!

No son los dioses, no, es el hombre nuevo: la juventud de espíritu que se atreve a concebir lo impensable, el empuje de las nuevas ideas despojadas de los complejos de las viejas y privilegiadas industrias, las agallas de aquellos temerarios que se aventuran a sentir que ya queda todo por ganar y poco por perder.

Es este nuevo hombre rejuvenecido el que puede fecundar la tierra; por activo, con su esfuerzo, imaginación y creatividad, dando forma al barro con sus propias manos; o por pasivo, por su providencia y confianza, como “ángeles” que, conscientes de las bondades de los recién nacidos, estén dispuestos a guardar su obra salvándoles de la apatía, inoperancia o incapacidad crediticia de los viejos dioses.

Y es que no se nace joven, la juventud se adquiere…

 

Fernando Vich

 

Inspirado por la cita de:

José Ingenieros: (1877-1925) Filósofo y psicólogo argentino

"No se nace joven, hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal, no se adquiere".