La lógica caníbal, antropofagia en tiempos de crisis

Muy al contrario de lo que nos pudiera dictar el sentido común, el canibalismo, otramente conocido como antropofagia, lejos de desaparecer, ha realizado una evolución paralela a los usos y costumbres del ser humano, alcanzando una sofisticación sin precedentes.

Rebuscando en la historia de la humanidad, podremos encontrar omnipresentes dos paradigmas de antropofagia:

La antropofagia menesterosa.

Surgida de la necesidad más abrupta, esta antropofagia se ha dado con frecuencia en la historia en los momentos más críticos, cuando las circunstancias se han impuesto sobre la racionalidad y el instinto de supervivencia se ha enseñoreado sobre la conciencia de los individuos.  Esta antropofagia puede tener un carácter pragmático, cuando se realiza con los despojos de un sujeto paciente que, por causas ajenas al caníbal, ha pasado a mejor vida; o un carácter místico-sacrificial, cuando la carne de nuestro semejante nos es entregada como una dádiva, una autoinmolación de connotaciones divinas. En la historia humana se encuentran numerosos ejemplos, con algunos casos reales tan famosos que me vienen a la memoria como aquel avión estrellado en los Andes; o, en sentido figurado, en el sacramento de la eucaristía.

 

Saturno (Crono) devorando a su hijo. Goya

La antropofagia oportunista.

En sí, es un acto antisocial originado por el deseo de dominación. Esta costumbre pareció estar arraigada en algunos de nuestros ancestros que poseían la firme creencia de que al comerse a sus enemigos, especialmente a aquellos que consideraban superiores, ellos podrían llegar a alcanzar un estadio más elevado de existencia, ya sea por la adquisición de poderes extraordinarios o incluso la transcendencia más allá de las limitaciones del cuerpo físico.

El primero de los casos no encierra mal alguno en sí, al menos en el acto en sí mismo. Recurrir a lo que tenemos a mano para subsistir, utilizar esa materia humana que se nos regala o se nos proporciona fortuitamente, constituye un gesto de sentido común, sentido común ligado a la excepcionalidad. El verdadero problema llega cuando el gusto de la carne despierta nuestros apetitos latentes, y lo que fue menesteroso, acaba convirtiéndose en oportunista.

Todos somos en cierta medida antropófagos, eso no ha cambiado, todos subsistimos de la materia humana, de su producto físico y espiritual. Es el carácter utilitario el que nos pierde, ese carácter que busca nuestra cómoda subsistencia y medra exclusivamente en la materia humana ajena. Cuando nuestra carne no es la que está en el asador, comemos con deleite y nos servimos sin pudor, sin importar los cadáveres sobre los que se asiente nuestro festín. Y así, mientras impere la lógica caníbal, seguiremos devorándonos los unos a los otros hasta el fin de los tiempos.

 

Fernando Vich