La dieta del photoshop

Venus¿Quién no se ha puesto alguna vez a dieta? Yo mismo he de admitir que he probado unas cuantas. Algunas muy imaginativas de nombres exóticos y otras menos ocurrentes pero igualmente efectivas, al menos en lo que a pérdida de líquidos se refiere…

¿Pero de qué hablamos exactamente cuando hablamos de dieta?

Será buena idea repasar dos de las acepciones de la RAE; podemos definir dieta como: el «conjunto de sustancias que normalmente se ingieren como alimento»; o como: «régimen que se manda a observar a enfermos o convalecientes», y que yo quisiera especificar así: el régimen que observan las personas que desean perder peso; hay que tener en cuenta que hay expertos que consideran el sobrepeso como una enfermedad propiamente dicha.

Gracias al segundo concepto, la palabra dieta ha adquirido connotaciones diabólicas por su sentido de tiranía autoimpuesta que nos impide disfrutar de uno de los pocos placeres legales de esta vida. Seguro que a más de alguno y alguna le entran sudores fríos nada más oír esas cinco letras, que martillearán su conciencia cuando se disponga al disfrute de un pequeño milhojas achocolatado. Poca culpa tiene la dieta de su mala fama, a ella le viene de los que, en su afán desesperado por alcanzar unas medidas razonables, o irreales, se imponen una dieta rayana en el paroxismo.

Así, el fin de la dieta, que es la salud, se tergiversa, sucumbiendo ante la seductora llamada de la estética. La belleza del consumo de masas, esa que le venden a usted y a mí con solo abrir la hoja de una revista o encender un ratito la caja tonta…

La belleza es en sí un valor, pero un valor siempre y cuando vaya acompañado de un principio, el principio de la salud. Aceptada la belleza como un valor, es lógico que todo el mundo trate de alcanzarla, o que aspire a ella…, razonablemente, en la medida de sus posibilidades. Aunque, los extremos nos acaban perdiendo: «Maldita obsesión estética» me digo yo cada día; en este mundo competitivo parece que lo feo ya no tiene cabida. Y lo que es aún peor, no es que lo feo no tenga cabida, es que parece que lo único que vende es la perfección. Porque ahora la belleza pasó de ser una belleza maquillada a una belleza virtual de “photoshop” que no hay cristiano que alcance si no es con cirugía.

Esta virtualización de los cánones, que alguno pueda pasar como intranscendente, tiene demoledores consecuencias, que traspasan las fronteras de las dietas alimentarias y la simple estética. Y es que, cuando solo se nos vende lo perfecto, cuando nadie se atreve a enseñar la realidad, corremos el riesgo de pensar que lo virtual es más real que lo palpable, y así, seremos incapaces de digerir lo auténtico.

He aquí los dos grandes riesgos:

Si lo interiorizamos, es decir, si asumimos interiormente la virtualización como forma de vida, probablemente acabemos como aquellos que, incapaces de aceptar las consecuencias naturales del paso del tiempo, se transforman en espantajos botulínicos plastificados. En monigotes consumidos por ese afán endemoniado de Peter Pan y la eterna juventud. Si esa interiorización traspasa las fronteras de lo físico, nos negaremos a ver la realidad y viviremos en nuestro mundo de “Yupi”, incapaces de afrontar los problemas, a los que simplemente obviamos porque no queremos darle reflejo en nuestro cuidado mundo virtual.

Si lo exteriorizamos, si asumimos la obsesión ajena por la perfección, puede ser incluso peor. Porque no solo maquillaremos la realidad para los demás, virtualizaremos su existencia sometiéndoles a una estricta dieta de photoshop, creando un mundo paralelo y convirtiéndonos así en agentes activos que extienden una de las plagas más extendidas del siglo veintiuno; la obsesión del primer mundo por obviar, ocultar o, simplemente, ignorar, la realidad que lo rodea. Para muestra un botón: ¿recuerdan las hipotecas basura? Eso fue una virtualización financiera maestra… hasta que un día a alguien se le ocurrió tomar la pastilla roja, claro…

En resumidas cuentas, la dieta del photoshop es peor que la del avestruz, porque alguien que esconde la cabeza bajo tierra puede en algún momento levantarla y abrir los ojos; el que vive en un mundo virtual, o los crea, es más proclive a consumirse, o consumirnos con su engaño.

En cualquier caso, como se suele decir, el primer paso para enfrentar la enfermedad es reconocerla… Eso sí, ahora tampoco es necesario que se den un atracón, la virtud de una dieta es, precisamente, ser variada, equilibrada y constante. No hay milagros para las dietas, así como no hay milagros para los problemas del ser humano; aunque si queremos empezar a solucionarlos tendremos que dejar el photoshop de lado.

 

Fernando Vich