La Campana de Gauss y la Ley del Péndulo, cuestión de dimensiones.

Recuerdo con especial cariño el último lugar donde intentaron enseñarme a ser persona. Allí, lugar de grandes muros y pequeñas concesiones, aplicaban con maestría una ley uniformizadora que yo evoco con fruición, la Campana de Gauss. Esta función de distribución normal, extraída tiempo atrás del mundo del las ideas, imagino que con notable sufrimiento, por el insigne Abraham de Moivre en 1733, tiene su importancia por la gran utilidad a la hora de modelar numerosos fenómenos naturales, sociales y psicológicos.

Distribución normalPor ejemplo: si tomamos una muestra de nuestra sociedad, gracias a dicha función, y previo conocimiento de los valores típicos que la caracterizan, podremos estimar estadísticamente el número de personas que encontraremos dentro de un determinado rango de alturas. En concreto: si cogiéramos a cien personas, nos diría que lo normal de acuerdo a los valores típicos de la población española (con la media inventada de μ=170 cm y la desviación típica σ=8 cm), es que un 68,2% estaría entre el metro sesenta y dos y el metro setenta y ocho; otro 13,6%, entre el metro setenta y ocho y el metro ochenta y seis; un 2,1%, entre el metro ochenta y seis y el metro noventa y cuatro… y así sucesivamente (el resto de los valores los pueden calcular utilizando la gráfica adjunta). Si cumple esta distribución, entonces podremos decir que esta variable, la altura, tiene una distribución “normal” en la población. (Normal matemáticamente hablando, claro está).

Esta ley, que en nuestro caso aplicaban para distribuir uniformemente las calificaciones entre los alumnos, también se puede aplicar a la de las simpatías políticas, que en sus extremos encuentran la aberrancia*  y en su parte media la normalidad.

(*Aberrancia matemática, insisto)

La normalidad: esa bonita palabra que con tanta facilidad encontramos en el mundo estadítistico y matemático, y que en este mundo de seres corpóreos brilla más por su ausencia, o relatividad. Y es que, lo que en ciencias constituye una regla, en la realidad se nos antoja una quimera gracias a otra ley, que se repite exasperantemente a lo largo de la historia, la Ley del Péndulo.

Toda acción tiene su reacción, y si a esto le añadimos algo de revanchismo mucha más diversión, porque cuanta más saña imprimamos al péndulo en cualquiera de los dos extremos, con más fuerza responderá nuestro resabiado móvil en su regreso al opuesto.

¿Pero como imprimir impulso al péndulo?

Los extremos, que padecen por su soledad y aislamiento, desean dejar de estarlo, ya sea por materialismo o necesidad afectiva, y para ello nada mejor que polarizar y desplazar a la media. Provocan a los del centro, les dicen que eso de que ellos sean normales y centrados nada, que ellos son tan aberrantes como el que más, y con su lógica simplista y reduccionista los encasillan con dos frases en el extremo del lado que más les convenga. Como si la compleja naturaleza humana pudiera resumirse en dos frases. Si Kant se levantara…

Tristemente, parecemos abocados a la periódica “anormalidad” de los extremos, a que el péndulo oscile reiteradamente sin piedad un día y otro también; a la vuelta de la tortilla, a las dos caras de la moneda. Pero oiga, ¿es que no se dan cuenta que esos dos lados están en la misma tortilla? ¿Que estos huevos son de todos...? Que de hecho, sin los que quedan en medio los dos lados se caen...

En física, los péndulos acaban cediendo su energía por rozamiento y fricción, por la transformación de su energía inicial, y tarde o temprano, el efecto de las leyes entrópicas, nos devuelven a nuestro intrépido amiguito a su posición homeostática, la maravillosa parte moderada de la distribución normal. Si esta Campana Gaussiana no está equivocada, si estamos la mayoría en el centro de esta “distribución normal”, ¿por qué nos dejamos convencer por su lógica reduccionista y estereotipada? ¿Por qué no dejamos el péndulo quieto por una buena temporada…?

Y al que le entren ganas darle un empujoncito que lo haga para adelante, o mejor incluso, para arriba tirando de la cuerda; porque en este mundo hay, al menos que yo pueda percibir, tres dimensiones espaciales. Y si no, que venga Stephen Hawking y lo vea.

 

Fernando Vich